
En una conferencia que tuvo lugar en Barcelona el pasado mes de febrero el cardenal Kaspers explicó cuál es el objetivo que persigue el diálogo ecuménico, distinguiendo entre el diálogo y la dialéctica. Esta distinción me parece sumamente interesante para la vida conyugal y familiar, en general, pero más importante aún cuando se trata de familias interconfesionales. ¿No será en ellas precisamente donde se formarán las mejores escuelas de diálogo religioso?
“no se trata de una funsión como las de las grandes empresas internacionales de nuestro mundo globalizado; no es tampoco un sistema complejo, desde el punto de vista especulativo o institucional, en el cual los opuestos se anulan, siguiendo una dialéctica de tipo hegeliano. En esto reside la diferencia de fondo entre diálogo y dialéctica. Ciertamente, el diálogo intenta disipar los malentendidos y superar las divisiones entre los partner, tendiendo a la reconciliación. Pero la reconciliación propiamente no elimina la alteridad del otro, no la absorbe ni la aspira, haciéndola desaparecer. Por el contrario, la reconciliación reconoce el otro en su alteridad. La unidad en la caridad no se logra cuando la identidad del otro es anulada y absorbida, sino al contrario, cuando ésta llega a ser confirmada y plena”.


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